miércoles 23 de diciembre de 2009

Secuencia de accidentes mentales

El túnel de tu boca donde me elevo hasta llegar a tu paladar, el sabor del alma creadora de besos, de dardos envenenados, veintidós dulces puñaladas mientras me debato entre la vertical o la horizontal, mirarte a la cara o al cielo, si es que alguna vez existió diferencia por el claro de tus mejillas en estas mañanas en la que la ausencia del astro rey pasa desapercibida, república sin trono y un frío que va más rápido que los coches y activa la circulación a través de mis espejos pupilares. Porque el frío congelado conserva sentimientos y no sólo cadáveres expuestos sobre granizo en las pescaderías. Sabes que morderé tu piel cruda con o sin perejil y bien sabes que ya no podrás cantarme esas líneas que decían...
"Siempre que vuelves a casa,
me pillas en la cocina..."

jueves 17 de diciembre de 2009

I.E.S Fernando de Rojas

Volví tras mis propios pasos, cada vez estaba más cerca de aquel sitio donde me enamoré por primera vez de verdad, donde conocí a los que hoy conservo como amigos, donde fui delegado sin ni siquiera saberlo al segundo año, mi segundo y último año allí. A cada paso un recuerdo, la vieja rotonda era ya una señora rotonda, pasos de cebra pulidos pero los mismos bares, los mismos pasos casi diez años después. No pude evitar esbozar una sonrisa cómplice con un pasado que me guiñaba, un pasado reencontrado, tan cerca y tan lejos.
Diez años.
Las aulas eran las mismas, el bedel más gordo, casi tan redondo como mis pupilas empapándose de un gran pasillo vacío y amarillo que esperaba el terremoto provocado por un timbre que nos proporcionaba tantas alegrías y disgustos.
Antes de irme me di un paseo por sus arterias, tan solas, tanta calma, es otro aire, fue vida que no supimos ver en su momento o es vida que supumos ver en su momento y aprovechamos, un tesoro revalorizado que sólo ven las arrugas. Subí al último piso, pasé por esa esquina donde el primer día de clase me apoyé, no conocía a nadie y, bueno, parece que fue bien porque al segundo año era elegido delegado por delante del popular Jorge Borrego. No debía de ser tan popular. Pasé por delante de mi clase, ahora hay menos alumnos que antes y ya no se puede fumar en aquellas escaleras que no daban a ningún sitio en las que cada descanso subíamos a encender nuestros pulmones. Seguí recorriendo las puertas y en la siguiente observé una cara conocida, mi profesor de inglés, estuve a punto de interrumpir su dedicada lectura al periódico para refrescar su mente y decirle que ya, por fin, era licenciado en Filología Inglesa, diez años después. Pero nunca fui un alumno de ese tipo, mi sitio estaba con los bedeles. Supongo que ésto es ahora lo que fue aquel maravilloso instituto donde conocí a mis amigos actuales y en el que me enamoré por primera vez de verdad de una chica que hace muchísimo tiempo dejé de saber de ella, Paola Sánchez López, su padre se llama Lucas...(¡Hasta luego...!)
Fue un gran viaje a diez minutos de casa que me hizo volver diez años atrás, diez años más joven, más tonto (aún si cabe), más ilusionado...Más Nacho.

martes 8 de diciembre de 2009

Pan tumaca

El amor eterno reside en la pareja, en el primer (impar) número par. Esa eternidad se encuentra en las parejas de zapatillas, nacen y mueren juntas. Desde el primer hilo hasta el último zurcido, pares los cordones, las lenguetas y las suelas. Siempre juntas de la mano en largos paseos por hierba, tierra, bares, charcos y arena. En la intimidad amantes paralelas en silencio sosteniendo el motivo de su nacimiento, estar uno al lado del otro. Nunca seremos un par de zapatillas porque no nacemos para amar, sino para dejar constancia de nuestro amor.

lunes 30 de noviembre de 2009

Él era un chico corriente [Parte Final]

Aquella noche que terminó siendo día nadie le condujo por esas calles, no fue el viento, no fueron esos pasos que creyó haber oído, él estaba allí y no en otro lugar porque debía estar allí, como si el destino lo hubiese escrito a su apetito, hambriento por poner entre la daga y el muro a un chico cualquiera, un chico invisible, a un maldito afortunado que había tomado quizás el camino equivocado, camino al fin y al cabo, sabedor de que solamente en la nieve, fantasmas o no, todos dejamos atrás las huellas de nuestros pasos.
Pero allí seguía sin nevar.

viernes 27 de noviembre de 2009

Aquí huele a hierba

Y la musa se fue, hizo mutis por el foro y emigró al norte, lejos de aquí, me dejó congelado, con las ideas marmóreas y rígidas dictando año, mes, día y hora de la defunción, bajose el telón. Nunca más, la suma pesimista que da el último empujón al fin. La misma canción, la nota quemada, la almohada insaciable, la manta arrugada del día anterior. Quema tanto la mañana aún siendo invierno en el infierno... Queman tanto las pupilas mareadas, la marea salada, las heridas...
La vida vacía, la botella sin licor, la pausa...

jueves 26 de noviembre de 2009

Llueve afuera

Llueve afuera, limpia con su marea los restos humanos, los arrincona en portales, como la escoba y el polvo esquinado. Son tan importantes los tejados que el peso de la importancia que les damos siempre se nos viene encima y nos amasa.
Es entonces cuando nos mojamos.
Llueve afuera y tengo la mirada sedada de un asesino a sueldo que sesga trozos de su vigésima octava víctima para meterlos en bolsas de plástico negras. Tengo un coche blanco y sucio y un maletero lleno de agua del cielo que lanzo a la calle cuando quiero quedarme solo fuera de casa.
Llueve afuera y miro sin piedad, como el león que no puede esperar a pagar y que desgarra lentamente los tendones carmín de su carro de la compra.
¿Dónde se quedaron nuestros gestos?
En el iva del ticket de compra.

lunes 23 de noviembre de 2009

Él era un chico corriente [Part. IV]

“Disculpe… ¿Me pone un café con leche, por favor?”
Una chica morena con un bolso marrón y una carpeta azul entró en el bar, obviamente no era una borracha. Su cuidado aspecto reflejaba limpiamente una imagen meticulosa, fruto del esfuerzo invertido en detrimento de horas de sueño.
Los chicos del café abandonaron su ritual para ofrecer sin timidez un largo y tendido vistazo a aquel cuerpo que pasaba y posaba delante de ellos. Después de un par de comentarios sin verbo y onomatopéyicos bajaron la cabeza nuevamente y retomaron la ceremonia en un café casi vacío y frío ya.
Ella se sentó lo suficientemente cerca de él como para que advirtiera su presencia y lo suficientemente lejos como para salvaguardar su intimidad. Las miradas se cruzaron sin ninguna intención. Dejó la carpeta sobre la mesa, el bolso en el taburete y antes de que se acercara a la barra allí estaba, dedicándole el mejor de sus gestos el dispuesto camarero que gentilmente le atendió. Mientras, el chico del biombo gris seguía atento la jugada. Esperó de pie su café con leche y en menos de un minuto se dio la vuelta plato en palma hacia la mesa, donde se abanicó rauda con el sobre de azúcar, lo rasgó y lo volcó de lleno sobre el líquido vainilla. Tras varias vueltas de reconocimiento, no vaciló a la hora de engatillar la taza, su preciosa boca se hizo un punto y seguido y bebió tímidamente.
“Pero… ¿¿¿Y mi café???”. Dijo alterado.
Nadie contestó.